lunes, abril 26, 2010

Chaqueta Laboral # 11 / Adoración Nocturna

Flickr / César Ángel Zaragoza


Era una calurosa tarde de mayo. Un grupo de chiquillos jugaba changais mientras chupaban sus bolis de horchata. Estaban en el momento más álgido del juego, Diego estaba a punto de golpear el palo de madera cuando su abuela asomó parte del cuerpo por la ventana, y acomodándose con el ante brazo el cabello semi recogido en un chongo con sus manos llenas de nixtamal –había hecho durante todo el día los tamales que mandaría al Templo del Calvario, para el padre Antonio-, miró que a lo lejos estaban sus nietos jugando con los hijos de la Señora Elvira. Doña Pina dirigió su mirada al reloj de pared que estaba en la sala, marcaba las seis y media de la tarde, asintió ligeramente con la cabeza; y volteando nuevamente a la ventana, soltó un fuerte y estridente silbido.


Diego escuchó el llamado de su abuela justo cuando golpeaba aquel trozo de madera, su distracción provocó que el palo tomara una dirección totalmente contraria a la que tenía en la mira. Terminaba de escucharse el silbido de Doña Pina cuando Benito se levantó automáticamente y corrió hacia la casa, lo mismo hizo Carlos. Diego no puedo evitar voltear hacia atrás y calcular la distancia lograda gracias a sus macizos brazos de adolescente. No obstante, terminó dándose cuenta que había golpeado fuertemente a su amigo Jorge quien estaba sobándose desesperadamente la cabeza.


-¿Te pegué?

-¡No que va! Me estoy frotando el cabello para ver si se electriza.

-¡Perdón! Híjole, ya me tengo que ir.

-Me las vas a pagar.

-Es que no se qué pasó. Yo le di bien.

-Te veré en la noche y ahí me desquitaré.

-Bueno, me habla mi abuela, adiós. –gritó mientras partía carrera rumbo a casa de Doña Pina.


Entró primero Carlos, luego Benito y por último Diego, siendo este último el que recibió el coscorrón en reprimenda por andar de callejeros. Doña Pina muy sonriente de tener a sus niños por fin en casa, cerró la puerta haciendo que se cercara aún más el olor a masa caliente. Había un ejército de tamales que aguardaban silenciosamente en una gran olla de metal.


Carlos subió corriendo las escaleras para ganar el baño de la planta alta. Benito y Diego se jaloneaban uno al otro para ganar el baño de abajo. Diego estaba a punto de meterse y ser el ganador, cuando Doña Pina le llamó


-¡Diego! Mijo, ayúdame a bajar la olla, ándale. –gritó la anciana con una voz más dulce.

-Está bien Mamá Pina. –exclamó con pesadez.

-Mira, le dices al padre Antonio que aquí le mando los tamales que ofrecí para la cena.

-¿De qué hizo?

-Son de piña, de pollo y carne deshebrada.

-¡Mmmh! Deshebrada.

-Pero llévate estos en tu mochila, porque luego se quedan sin cenar.

-¡Qué rico! –exclamó el chico con una sonrisa iluminada.


Caminaban los tres por la calle cuando se toparon al Tío Justino, él al igual que los chicos iba a la Adoración Nocturna al Santísimo. Llegaron a la oficina del padre Antonio, entregaron la respectiva cena donada a todos los fieles creyentes que orarían durante toda la noche hasta las seis de la madrugada del domingo siguiente. Después, se dirigieron al salón de ensayo de la estudiantina para participar en el sorteo de los turnos de cada grupo de oración.


-¿En qué grupo te tocó? –preguntó Benito a Diego.

-Soy del último.

-¿Pero a qué hora?, ¡wey!

-Pues me toca el de 4 a 6 de la madrugada.

-Te cambio de papelito.

-Dime qué grupo te tocó a ti.

-No, es una sorpresa.

-¡Ah!, pues entonces no te hago el cambio.

-Anda, te conviene.

-No te creo. Además mi turno es el mejor porque duermo toda la noche. Y tú de seguro eres de los que se tiene que levantar a media noche a rezar. No, me quedo con mi papelito. –dijo Diego mientras se lo metía a la boca.


Diego se quedó solo mientras sus hermanos se dirigían a su respectivo grupo. Subió a los cuartos en donde impartían el catecismo. Eran habitaciones enormes en las cuales había alrededor de treinta camastros además de cobijas en el suelo en cada uno de los espacios libres que había entre catre y catre. Recorrió con la mirada todo el lugar, trató de identificar algún rostro entre la multitud. Vio que el tío Justino se encontraba hasta el final de la hilera, estaba parado a un costado de su catre sacándose desesperadamente la cerilla del oído. Definitivamente, el Tío Jus no era la mejor opción, sobre todo por la vez anterior en que no lo dejaron dormir sus guturales ronquidos. Pero no todo estaba perdido, justamente a dos lugares de distancia vio que Jorge estaba acomodando las cobijas a un lado de un catre azul, y sin pensarlo dos veces, se dirigió a ese lugar.


-¡Hola, Jorge!

-Mira lo que me hiciste.

-Perdón, de verdad que no fue intencional.

-Disculparte no borra mis dos puntadas en la cabeza. –dijo seca y bruscamente.


Diego se sintió incómodo al notar la molestia de Jorge, optó por darle la espalda y colocar las cobijas y su almohada para acostarse; después de unos minutos en que ninguno cruzaba palabra optó por cambiarse de lugar, miró nuevamente alrededor pero era demasiado tarde, ya todos los fieles habían ocupado sus respectivos puestos. Total, se acostó en sentido contrario al de su amigo y trató de dormir.

Se acostaron cada uno en dirección distinta. Jorge estaba recargado en sus brazos cruzados mientras que Diego estaba en posición fetal con los ojos abiertos. De pronto, se escuchó a su espalda la voz del padre Antonio que pedía a los feligreses guardar silencio y dormir, ya que el bullicio interrumpía las oraciones de los otros grupos. Pasaron cinco minutos cuando la luz fue apagada y todo quedó en silencio…

■■■


Miraba la luz que reflejaban los autos a través de las ventanas, el techo estaba oscuro pero se podían ver algunas sombras. Tenía su cabeza recostada entre sus brazos cruzados, pero con el rabillo del ojo podía ver a su derecha la espalda encorvada de su amigo envuelta en una cobija de lana. Al fondo se escuchaban los rezos de los grupos de oración y música de acompañamiento. Suspiró un poco.

Cerró los ojos y trató de dormir, pero sólo lograba proyectar imágenes sobre sus parpados cerrados. Veía la calle y las casas de color, sus amigos corriendo, el señor que pasaba en su bicicleta vendiendo elotes y a Diego pálido y asustado –cuando se percató que lo había golpeado con el palo del changais-. Sonrió ligeramente. Volvió abrir los ojos justo en el momento que Diego se acomodaba en el catre que estaba a escasos veinte centímetros de distancia. Seguía hecho bolita, se sentía tenso, era como si fingiera estar dormido.

Pasaron alrededor de quince minutos cuando comenzaron a escucharse los ronquidos del tío Justino y uno que otro feligrés, Diego se cansó de su posición y muy discretamente se acomodó boca arriba dejando que sus manos cayeran ligeramente por fuera del camastro. Jorge mira fijamente la mano de su amigo esperando que en cualquier segundo se mueva de lugar, pero la mano permanecía inmóvil.

Con su mano derecha toca ligeramente los dedos de su compañero sin lograr despertarlo, a los pocos minutos le vuelve a dar un aventón con toda la intención de molestar obteniendo únicamente un rebote donde al final la extremidad queda totalmente extendida en dirección de su pene. Los dedos de Diego rozaban graciosamente la cremallera su pantalón café.


Jorge puso el cuerpo tieso comprimiendo su pelvis para que los dedos del muchacho no le tocaran el bulto. Se sorprendió al ver que la mano de Diego seguía estática. Después de dudar un poco desabrochó su pantalón muy lentamente, sacó con mucha discreción su pene el cual comenzaba a erguirse estrepitosamente al grado de topar con los dedos del muchachito de a lado. Tomó aquella blanca y carnosa mano, frotándola suavemente contra su miembro provocando que la excitación lo volviera tan duro como un fuste.


Diego estaba totalmente dormido mientras Jorge se regocijaba con sus manos; envolvió con la mano de su amigo con la suya y comenzó a masturbarse. Las primeras gotas de sudor se hicieron presentes, sentía cómo sus gónadas se volvían cada vez más y más pesadas de todo aquel líquido que se estaba secretando. Movía con más firmeza la mano hacia arriba y hacia abajo, cuando de pronto una fuerte sensación de expulsión invadió su abdomen. Jorge sabía perfectamente que eyacularía en cuestión de segundos, se encorvó un poco hacia adelante mirando alrededor para confirmar que todo el mundo dormía, cerró los ojos y se corrió intensamente sobre la mano de su compañero de juego y oración.


Dejó caer su cabeza sobre la almohada, respiró hondo esperando que el ritmo cardiaco volviera a tomar su curso normal, se levantó a mirar el desastre, se limpió la entrepierna con la cobija, después tomó la mano de su amigo y la limpió hasta no dejar un solo rastro de grumo. El cuerpo de Diego parecía inerte, como un cadáver tierno y caliente; Jorge se reincorporó y al mirar la cara de sueño profundo, tomó aquella mano llena de complicidad y jaló aquel cuerpo endeble hacia las cobijas tendidas en el suelo.


Era la figura de un muchachito de doce años revuelto entre cobijas. Jorge se colocó por encima de su espalda acariciando suavemente sus omóplatos, sintiendo la firmeza de su cuerpo, metió sus manos por debajo para buscar el cierre del pantalón. Lo desabotonó y poco a poco fue bajándolo cuidando no despertarlo. Un par de montículos carnosos fueron develados, era una piel lechosa y aterciopelada; Jorge comenzó a frotar las piernas hasta llegar a la comisura de aquellas imberbes nalgas.


El frío de aquel oscuro cuarto, la pesadez de la noche, el olor a cirios y viejos confesionarios de madera nunca mermaron la excitación incontrolable de un adolescente de dieciséis años. Jorge se puso por encima de Diego colocando su miembro entre la hendidura de su culo, restregaba suavemente su cuerpo contra el otro, dejando entrever su espalda por encima del catre azul.


Podía ver en su mente como explotaban litros y litros de semen, estaba enardecido, no le importaba nada, imaginaba cómo entraba impetuosamente el padre Antonio para separarlo de aquel cuerpo infantil. Pero no podía dejar de extasiarse con aquella sensación de frote frenético. Se recostó por un momento a un costado de Diego, su fuerte y golpeada respiración movían armoniosamente la vasta cabellera de su amigo. Lo tomó por la cintura y lo jaló despacio hacia él, resultando un embone perfecto; Jorge comenzó a restregar su cuerpo contra el de su amigo frotando su pene por en medio de aquel surco, la fricción de las carnes con aquel hinchado glande provocaba una sensación electrizante. Sintió un fuerte espasmo. Su espalda se encorvó justo al tiempo en que el culo de Diego se estremeció al vivir la misma situación.


Diego aprieta los ojos. Su teatro de castidad había culminado. Jorge lo voltea y observa cómo se niega fehacientemente a no abrir los ojos. ¡Diego! ¡Diego, abre los ojos! ¡Yo sé que no estás dormido!, ¡Mírame!, ¡Si no los abres te golpeo! Le decía con una voz cuasi silenciosa y sicalíptica. Comenzó a tocar el pene de su amigo mientras le hablaba muy cerca del oído. ¡Diego, abre los ojos! ¡Diego, chúpamela!, ¡Ándale, chúpamela poquito! Si me la chupas te regalo el Leono que tanto te gusta. Diego apretaba fuertemente sus párpados, como si fueran un par de bolsas herméticas que no permitieran la entrada a la más escurridiza imagen. La mano de Jorge empujaba su cabeza poco a poco hasta colocarla en el ángulo idóneo.


El movimiento se detuvo. Diego sabía que tenía que seguir por su cuenta, una voz interna lo conminaba a moverse hacia delante, intuía que encontraría algo en el fondo completamente desconocido pero al mismo tiempo muy apetecible. Se abalanzó hacia adelante hasta que su cara topó con un prominente bulto de piel suave y lánguida que guardaba en su interior un par de bolas de carne. Levantaba lentamente su rostro sintiendo como rozaba por su cuello, su mejilla, su nariz y sus ojos. Era un mástil erguido y carnoso que se deslizaba por cada centímetro del rostro, para terminar estacionándose en la comisura de unos labios.


Jorge comenzó a empujar su pene entre los delgados labios de Diego, buscaba desesperadamente introducirse en aquella cueva húmeda y virginal. Diego, por su parte, no dejaba de apretar sus inocentes ojos, después de un “estira y afloja”, abrió finalmente su boca dejando entrar aquel ariete relleno de sangre.


La sensación de viscosidad de aquel lecho jugoso orilló a Jorge a jalar con sus dos manos el cabello de su amigo y comenzar un baile Calipso de febril pasión adolescente. ¡Abre los ojos! ¡Míralo!, ¡Mira lo que te estás comiendo! Decía sin pensar en sus palabras. Diego tomó aquel trozo jugoso de carne, como si quisiera atragantarse de una suculenta golosina, su saliva escurría por las comisuras formando un delgado hilo de babaza que se embarraba entre sus dedos.


El pene de Jorge era una plétora a punto de estallar, empujaba fuertemente a su amigo como si quisiera atravesarle la cabeza con una espada. Diego sólo se dejaba llevar por aquel ímpetu, intentaba abrir sus mandíbulas lo más que le permitían para dejar entrar todo lo que se pudiera. Sentía como se abría su garganta de manera involuntaria, fue tanto el impacto que no pudo permanecer con los ojos cerrados, era algo que tenía que contemplar con sus propios ojos, saciarse de la imagen, saber que no era un sueño. Cuando miró hacia arriba tratando de ubicar la cara de su verdugo se cruzaron sus miradas, provocando una fuerte descarga de pasión en Jorge haciéndolo correrse por última ocasión. Un disparo de líquido cálido y espeso comenzó a escurrir por la garganta del muchacho que en algún momento de su historia había sido inmaculado.



Babasonicos – Putita


Sin piedad dejás atrás un séquito de vana idolatría.

Sos tan espectacular que no podés ser mía nada más.

Tenías que ser de todos.


La piel, los labios donde roza la bambula serán mi prado, mi vergel.

Ya sé, el camino a la fama no significa nada si no hay una misión.

¿Cuál es?

Hacerte muy putita, probar tu galletita con toda devoción.

Ya sé, ya sé

cuál es... ya sé.


Derramás esa impresión de ser la acción que encarna la ternura.

A tu alrededor no hay humildad, la Venus es caricatura.

Tenías que ser de todos.


La piel, los labios donde roza la bambula serán mi prado, mi vergel.


Ya sé, el camino a la fama no significa nada si no hay una misión.

¿Cuál es?

Hacerte muy putita, probar tu galletita con toda devoción.


Ya sé, ya sé

cuál es... ya sé

Ya sé, ya sé

cuál es... ya sé

Ya sé, ya sé

cuál es...

3 Comments:

Blogger que esta chupando el niño said...

Se me antojo una golosina...

6:30 PM  
Blogger Lia said...

yeeeiiii!! lo publicaste pequeñita!!! me da harto gusto! besitos abuelosos, te extraño...

9:13 PM  
Anonymous Anónimo said...

Luka:

Descubrí este fotógrafo con su reflexión gráfica sobre la cultura del self-shot.

http://sgustok.org/art/evan-baden-technically-intimate

Chacón.

12:50 PM  

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